viernes, mayo 16

Coincidencia fluviolfativa

Nunca creí que el Río de la Plata tuviera algo especialmente simpático. Me refiero al agua en sí, esa a la que en Buenos Aires le dicen río y acá le decimos mar. Pero en las lecturas de esta semana se me apareció diferente:


Ningún paisaje extraordinario en el país en que nací, un país sin extremos, de perfil bajo, sin nada espectacular. Salvo por los grandes ríos que confluyen allí, en la inmensidad del estuario, hacia el océano. La maravilla del olor del limo traído del corazón del continente en el agua de mar. Una delicia.

(Silvia Larrañaga, El meollo)

Al tiempo de navegar a lo largo de la costa, nos adentramos en un mar de aguas dulces y marrones. Era tranquilo y desolado. Cuando alcanzamos una de sus orillas, pudimos comprobar que el paisaje había cambiado, que ya la selva había desaparecido y que el terreno se hacía menos accidentado y más austero. [...] Cielo azul, agua lisa de un marrón tirando a dorado, y por fin costas desiertas, fue todo lo que vimos cuando nos internamos en el mar dulce, nombre que el capitán le dio, invocando al rey, con sus habituales gestos mecánicos, cuando tocamos tierra. [...] El olor de esos ríos es sin par sobre esta tierra. Es un olor a origen, a formación húmeda y trabajosa, a crecimiento.

(JJ Saer, El entenado)

Hasta ahora no había pensado en el olor particular de este mar. Sí en el que te asalta cuando salís del aeropuerto a la pista, esa humedad que te quema en invierno y te aplasta en verano. Ahora tendré que remontar el Paraná, supongo.

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viernes, febrero 15

No escriba más, maestro.

Si no le hace falta. Por ahí tiene la necesidad de apuntar cosas en un papel o de agarrar la máquina de escribir. Eso hágalo, no se va a privar de un gusto inocente a su edad. Pero no le entregue la hoja a su asistente. Su asistente no lo asiste a usted, se asiste a sí misma. Es su trabajo. Si usted para, ella tiene que volver a una oficina. Usted sabe lo aburridas que pueden ser las oficinas. Lo que le estoy diciendo es que no publique. Eso es lo que no precisa: publicar. La editorial es la que precisa publicar. Pero atienda a su carrera. Yo sé que usted no es vanidoso y no piensa en esos términos. Igual le pido que recuerde a los colegas que admira o que admiraba. Fíjese en Borges, tan preocupado por borrar de su obra completa lo que escribió cuando era un muchacho. No haga usted al revés agregándole títulos innecesarios al final de su currículum. Que de repente alguno se pone a investigar cuál fue su último libro bueno y termina yéndose cuatro décadas atrás. Piense en Kafka, que mandó quemar lo que no tenía escrito. No alimente usted hogueras de depósitos enteros. Ardió Alejandría, maestro.

Decía que usted tiene una asistente. Me parece que a los que ya no escucha es a los amigos. Le deben quedar pocos, y esa debe ser una de las partes más tristes de llegar a su edad. Debe extrañar a mucha gente. Pero no se confunda. Los que le piden que siga adelante, que lo precisan, ésos no son amigos. Esos que no se dan cuenta de que usted está cansado. Serán, en el mejor de los casos, empleados. Y en el peor, familiares.


(De la novela epistolar Desenfunde, Goebbels, de Boris Gallega)

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viernes, abril 13

Mis tres Kurts

A Kurt Erich Suckert no debía gustarle ser medio alemán, así que siempre firmó como Curzio Malaparte. Tendría 10 años cuando leí un fragmento de La piel –una serie de artículos donde describe el final de la Segunda Guerra Mundial en Italia- y, aunque no entendí mucho (¿qué quería decir que estaba de moda ser homosexual entre los intelectuales?), su idea de que nada más italiano que pisotear la propia bandera me acompaña hasta hoy*. Es potente, porque no lo dice un tano, sino un tano de alma, un converso. El otro día, por ejemplo, fui a ver el cursillo de Scorsese sobre cine italiano, y no pude evitar interpretar toda la carrera de Rossellini como la de un pastelero insoportable. Casi todos fueron fascistas, y el propio Curzio lo fue. Su librazo Técnica del golpe de Estado, sin embargo, lo volvió enemigo del régimen de Mussolini. No se sabe cómo, salió de la cárcel y se volvió el corresponsal de guerra más culto y apasionante que podría haber. Ex diplomático, medio periodista y gran escritor –arrimarse nomás a cualquiera de sus recopilaciones de cuentos-, Malaparte estuvo en casi todos los frentes de la gran guerra civil europea y dejó constancia de todo en Kaputt, su obra maestra.

Curzio murió en 1957.

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Por la misma época, tal vez un poco antes, fui atrapado por el trazo de Jack Kirby. Sus superhéroes geométricos, sus máquinas impensables, sus sombras planas, la pura potencia hecha dibujo me cautivaron para siempre. Lo que no sabía a los 10 años es que yo era capaz de apreciar todo eso porque podía confrontarlo con un estándar artístico. Ese estándar tuvo un representante tan fino, tan armónico y tan dotado que, durante mucho tiempo, yo creía inconscientemente que no se trataba de un hombre, sino de una máquina. Ya adolescente, empecé a reconocer un patrón y a buscar una firma en esas ilustraciones perfectas: Curt Swan. Claro, no sólo yo era más grande, sino también él. Curt era el dibujante de Superman en los 50, y volvió aún más refinado en los 70 y primeros 80. Todavía me pregunto por qué me llevó tanto tiempo darme cuenta de su grandeza. De repente porque yo era lector (y por lo tanto, hincha) de Batman, el nocturno. Sin embargo, todavía me acuerdo de tardes enteras –siempre es otoño en mis recuerdos, porque el sol es bueno- leyendo tomos Novaro de Superman, que intercambiaba con compañeros de clase por mis Batman de Dick Sprang. Sin Curt Swan, nunca hubiera estado preparado para captar la exageración de Kirby.

Calculo que Swan era judío –como Siegel & Schuster, los creadores del Supes que él mejoró al límite- y que eso, sumado a la libertad patronímica norteamericana, habrá contribuido a que le pusieran Curt y no Kurt, como debe ser.

Curt murió en 1996.

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Mi primer libro de Kurt Vonnegut me salió cinco pesos. El paquete incluía una corbata, que le regalé a mi hermano menor, y lo conseguí en un local del Ejército de Salvación que había (¿hay todavía?) en la calle Agraciada. La novela era Breakfast of Champions. Todavía tengo ese ejemplar de tapa agujereada que algún anormal había usado como apoyo para un sacabocados.

Empecé a hojear el libro ya en el ómnibus de vuelta a casa y la manera de escribir de ese tipo me volvió loco. Las frases cortas para dar vuelta razonamientos trascendentes. La locura como algo químico. El nazismo como un desbalance químico colectivo. Los dibujos simples pero estilizados. Y así. Y así.

El tipo me cayó simpático. Cuando vi una foto me resultó parecido a unos parientes míos, pero no los alemanes, como él, sino a los de una rama simpática de mi gran tronco italiano. A partir de ahí, pienso en Kurt como en un tío posible.

No sé cuánto tiempo después el amigo Benito me prestó Payasadas, un libro fallido, triste y lindo. No paro de comprarlo en ofertas (edición Pomaire) para regalarlo de vez en cuando. Tout c’est la: los melli que cuando se separan se debilitan y que cuando se juntan son genios. El apellido intermedio para armar familias gigantescas. Se ve que Kurt extrañaba a sus parientes.

Justo después de que murió mi viejo empecé a leer Matadero cinco. Es un librazo por otras cosas, pero a mí me hizo un bien enorme una idea lateral: la de que todos los tiempos están ocurriendo siempre, y que con sólo concentrarse uno podía no sólo recordarlos, sino vivirlos. Después me di cuenta de que no hacía falta tanto trabajo para estar con esa parte de mí que es mi padre, pero en el momento la ocurrencia loca de Kurt me cayó justa.

En la época del dólar barato me encargué Timequake (su última novela), y escribí sobre ella. El veterano estaba medio amargado, me dio la impresión; ahora me parece que yo estaba muy tecno. Lo cierto es que el viejo se mandó guardar por unos años, pero empezó a salir fuerte para pelear contra la reelección de Bush. Claro, gracioso y preciso. La mierda, qué lúcidos que son los viejos modernos y qué chotos que somos todos.

Kurt murió ayer.








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* Curioso: anoche se llevaron preso a un tipo por quemar una banderita norteamericana, acá, en Uruguay.

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jueves, abril 12

Kurt Vonnegut: 1922 - 2007







(En los informativos, la noticia es el cumpleaños 77 de la Mona Chita)

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miércoles, diciembre 27

Lecturas de fin

"Sin embargo, en 1988 Aira no era un escritor notorio todavía. Había pubicado sólo seis novelas (...) que habían recibido muy pocas reseñas destacadas en los diarios y revistas de la época".

Me impacta el sólo "seis novelas". Acá, con eso, cualquiera sería Victor Hugo. Hace tiempo que estoy molesto con el desfasaje gigantesco que hay entre los escritores argentinos y los orientales solteros. Si fuera 10 a 1, como en todo, estaría OK. Pero en realidad es 10 pro contra 1 amateur. Yo defiendo el amateurismo, pero si tiene otra cosa arriba para refregarle su independencia.

Devoro, feliz, la primera novela del porteño Sergio Di Nucci (Bolivia Construcciones). Lo que quieran, es un profesor de literatura, está llena de truquitos, está manijeada, pero es un LIBRO y está escrito por un ESCRITOR. De menos de cuarenta años, no de menos de cuarenta páginas. Ni escrito en estricta primerísima persona. Sho y sho y sho. La herencia maldita de Levrero. El taller del mal.


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Slogan de Goebbels: "Un pueblo, un Estado, un líder".

Slogan de Telesur: "Un mismo continente, una misma sangre, una misma televisión".

O son muy ignorantes, o son muy peligrosos (probablemente las dos cosas). Pero, a puro ojo, la primera consigna me parece un poquito menos amenazante.


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Salió el Tratado de la imbecilidad del país, del divino Julio (Herrera y Reissig). Un mamotreto de generalizaciones, a veces extrañas, lógicamente inconsistentes y muy divertidas, sobre la manera de pensar montevideana de hace un siglo. Hay taras ahí descriptas que permanecen, pero lo que se perdió es la costumbre de generalizar fuera de los bares. De generalizar en serio, sobre lo único que importa, sobre las maneras de ser.

O de repente no. Por ahí está Disney War, de Sandino Núñez. Que es nuestro, carajo. Son partes parciales de la guerra entre la Mente Yankee y la Otra, en la también que entramos los rioplatenses. Un lindo regalo de Reyes, y de otros nobles paganos tambien.

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Feliz año a todos. Viva la república.

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domingo, junio 11

Y viva Serbia y viva Peter Handke

Perdió mal Serbia, así es el mundial. Pero se ganaron mi corazón. Son el cuadro más desprolijo desde Bulgaria 94: anti-pro totales. Pegan duro, intentan engañar al juez infantilmente, se pegan entre ellos. Y su estrella se llama Milosevic. Qué más se puede pedir.

La verdad es que me he vuelto bastante pro-serbio desde el asesinato del otro Milosevic, aquel presidente que conducía su propia defensa en un juicio trucho, como los son todos los juicios armados por los vencedores enseguida de una guerra. Y ahí, en el velorio de Milosevic apareció Peter Handke, ese escritor bastante plomazo pero sin temor a la incorrección, para decir lo que todos sabían. O sea, que Occidente había alentado a los serbios a combatir contra los musu, y luego los habían abandonado. Y que ahora que la guerra contra el islam no está tan mal vista, igual no se animaban a reconsiderar el caso. Y que no había buenos y malos en la guerra de los Balcanes.

La ciudad de Düsseldorf le había dado un premio por su trayectoria en pos del esclarecimiento de la verdad y la libertad de expresión a Peter Handke, el obseso de la Europa alternativa, pero luego se lo tuvo quer retirar debido a la presión política de la corrección. Cómo darle un premio importante a un desbocado austríaco proserbio. Es la misma estupidez que nubla a cierta izquierda occidental cuando se trata de defender la libertad de prensa: están tan concentrados en denunciar al sistema como todo que son incapaces de ver las pocas cosas buenas que hay que mantener, prefiriendo arrojarse en los brazos de un 'otro' lejano , aunque sea un muhlá más racista y sexista que Mike Tyson, antes que amigarse con un conservador liberal.

Por eso está decretado que ningún serbio merece ganar un mundial y ningún Peter Handke un premio Heinrich Heine. Y por eso, viva Serbia, y viva Peter Handke.

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lunes, abril 24

A cualquier lado, menos a Alemania

A cualquier lado, menos a Alemania es lo que dice una propaganda de café El Chaná. Un café horrible, como todos los cafés azucarados y embolsados, pero una propaganda muy graciosa y efectiva para nosotros uruguayos: como la selección no va al Mundial, es mejor regalar viajes a otras partes.

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Why is everybody always against Germany? es el mejor tema de Dee Dee Ramone solista, o sea, el mejor tema del mejor Ramone, un tema que sólo que repite y repite esa pregunta, y que para un norteamericano hijo de milicos educado en bases de ocupación en Alemania no tiene respuesta sensata.

Pero claro que hay una respuesta: Alemania fue mala, o al menos eso se decidió hace un poquito más de sesenta años. Y fue mala. Pero también se decidió que el mal estaba concentrado en Alemania.

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La negativa de Heidegger -rector universitario durante el gobierno de Hitler y explícitio simpatizante nazi durante unos meses- a disculparse por su compromiso con lo que resultó ser El Mal se basaba en la falta de jueces válidos a los que presentar las excusas. ¿Ante qué vencedor disculparse? No ante el capitalismo tecnocrático. No ante el antiindividualismo ruso.

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Aunque ya nadie se exprese como Heidegger, muchos piensan como él. ¿Por qué cuatro de cada cinco ficciones sobre mundos alternativos (ucronias, etc) se paran sobre los otros finales posibles de la Segunda Guerra Mundial? Algo olía mal entonces, pero ahora el hedor es insoportable. Los vencedores aquella guerra son cada vez menos buenos, se ve claro. Y los perdedores son pacíficos organizadores de mundiales para autohumillarse como equipo frente al mundo.

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A cualquier lado, menos a Alemania, fue adonde decidió ir el mundo hace sesenta años. Pero adónde mierda fue.

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