viernes, noviembre 16

Los traidores

El verano pasado conocí a un hombre que vivía como lo había querido de adolescente. No era un alocado ni un artista, nada de eso. Se dedicaba –y sigue, creo- a un oficio de lo más tradicional (pongamos carpintero, que esto no se trata de él). El tema es que cuando joven él había decidido zafar del destino que tenía asignado como hijo de intelectuales. Se alejó de su familia e interrupió sus estudios para evitar caer en la “vida burguesa”. Se fue al país de los Montoneros y se consiguió una vida más o menos proletaria. Hoy es una especie de obrero-empresario orgulloso de haber caído en la trampa que se tendió a sí mismo hace treinta años.

Lo que más me llama la atención de su historia es la distancia entre los dos tipos, el adolescente y el actual. Porque, según cuenta contento este señor, “mi yo adolescente cagó a mi yo adulto”. ¿Son el mismo tipo o son dos tipos distintos? Mini-Me no me cree, pero yo me hago este tipo de preguntas desde los cinco años. Viendo dibujitos donde una máquina transfería las mentes de dos personajes empecé a pensar en qué era eso que se transfería. ¿Si yo estaba en otro cuerpo, qué era eso mío que seguía siendo yo? ¿No pasaba a ser directamente ése con el que me había cambiado?

Después está lo otro, claro. La inevitable traición adolescente. Welcome Bob, all that jazz. Soy de esos que todavía se mide con aquel caradegranos llenodeamigas anarcoesteta que terminó... acá. Bueno, que llegó hasta acá: espero seguir. Hasta hace unos años, pensaba en el juicio de mi yo actual que podría hacer aquel adolescente. Ahora pienso también en las cosas que yo podría decirle a esa persona incompleta, incompletísima, en cómo seguro me aburriría con sus tres o cuatro temitas, con su indecisión, con su estrechez, aunque nunca con su ingenuidad.

Porque un poco ingenuo sigo siendo. Digo, me vivo desilusionando. Por estos días estuve pensando en una de las primeras desilusiones juveniles: Los Traidores. Pasa que por primera vez en mucho tiempo tengo una compañera de trabajo de mi misma edad y de un origen sociocultural parecido al mío. Resulta que cuado teníamos quince años, los dos éramos fans de Los Traidores. Me acuerdo de cómo los seguía a todos lados entonces. A veces escabulliéndome, porque era menor. La remera que me pinté. Cómo decidí que yo también iba a tener una banda viéndolos a ellos. Mi compañera, que tiene recuerdos paralelos, estaba emocionadísima por estos días, porque se reeditó en CD el primer disco, el Montevideo Agoniza ¡con los temas prohibidos! En cambio a mí, lo que pase con estos tipos ahora... me nefrega.

Sé más o menos cuándo empecé a pensar que eran una farsa. Fue cuando salió el segundo disco, que era una poronga. Llena de teclados y cosas así. Ahí empecé darme cuenta de que la música que hacían no estaba muy buena. Reggae, y malo. Hasta ese momento, tenía un conflicto interior: de acuerdo a mis ideas pseudopunkies, las letras que ellos hacían estaban buenísimas. En cambio, las de la música que a mí me gustaba por la melodía (música-música, je) eran, por lo que intuía, más bien drogonas. Qué dilema: Jesus and Mary Chain versus Los Traidores, hedonismo versus mensaje. No sé por qué, en aquellos tiempos pensaba en multiple choice: o una cosa o la otra. En estos años de disco duro rebosante de mp3 me parece graciosa aquella oblicación de elegir. Pero me sigue gustando: cambio 30 segundos de los Jesus en loop por toda la carrera de Los Traidores. Se va a la una, a las dos... vendido el Psychocandy al señor de lentes.

Durante un tiempo, pensé que lo que me había desilusionado de las letras de la banda era su falta de consistencia con una actitud fuera del escenario. Política, digamos. Pero ahora, de grandecito, me doy cuenta de que, además, eran muy malas. Malas en sí. Así que hoy voy a hacer algo que hace diez años no habría podido: verduguear a mi mí adolescente.

A continuación, una de las letras “prohibidas”: Viviendo en Uruguay

Estoy viviendo en un país
donde tenés que ser cheto o terraja

¡Wow! Un fashion statement... de un cheto wannabe.

donde si nada tenés te odian
donde si tenes dinero te aman.

La letra la copié de la web, pero el que la transcribió estuvo bárbaro: tenés/tenes. Así lo cantaban ellos. Cuando el mensaje es importante, encontrar una palabra con la acentuación adecuada no es prioridad.

Estoy viviendo en un sitio
esclavo de lo material
donde tú por ti mismo no importas

¿Tú? ¿Ti? ¿Qué es esto, Viviendo en Puerto Rico?

porque el precio de tu ropa
importa mucho más

Estos tipos tenían veintipico de años cuando lo que les preocupaba era la marca de sus vaqueros. A mí también me pasaba, pero a los trece.

Eso es hoy, el Uruguay
solo un inmundo basural

O sea, un lugar donde abundan las marcas truchas.

sus hijos se arrastran en la calle
sin dejar nunca de llorar.

Por la ropita que no consiguen. "Do you have the time to listen to me whine?"


Y es hoy nuestro país
ese fue nuestro destino
hemos muerto sin vivir
nos han legado su castigo

Uy, aparecieron ELLOS... los malos. ¿Serán los tenderos que no hacen rebajas?


Estoy viviendo en un lugar
donde el reloj se ha detenido
donde la gente ya no no no crece
donde cada vez hay más vendidos.

Hermosa referencia a los abuelos: el nono no crece.

Estoy viviendo en un sueño
es una dulce pesadilla
corremos sin movernos
huimos y no hay salida

Epa, poesía. El tema parece ser la inmovilidad. Veamos.


Y ése es hoy su lugar
su tan querido basural
aquí he muerto una vez
y ya no me atraparán

Bien. Se viene el remate. ¿Será el gran escape a una tierra de prendas bonitas y baratas?.


Pero a pesar de todo
de algo estoy todavía muy seguro

Mmmh... no.


si es por mí al Uruguay
pueden metérselo en el culo

Ah, pero parece que el gaucho de Berugo los estuvo ayudando con la rima. Me acuerdo de que en una versión en vez de “culo” decían “censura”. Podrían haber seguido con “cuuuando yo era marinero”, total...

Viviendo en Uruguay,
muriendo en Uruguay

Ay, muriendo de rabia. Eran épocas terribles, 1986. Todavía Montevideo Shopping no hacía el descuento del día sin IVA.

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viernes, abril 13

Mis tres Kurts

A Kurt Erich Suckert no debía gustarle ser medio alemán, así que siempre firmó como Curzio Malaparte. Tendría 10 años cuando leí un fragmento de La piel –una serie de artículos donde describe el final de la Segunda Guerra Mundial en Italia- y, aunque no entendí mucho (¿qué quería decir que estaba de moda ser homosexual entre los intelectuales?), su idea de que nada más italiano que pisotear la propia bandera me acompaña hasta hoy*. Es potente, porque no lo dice un tano, sino un tano de alma, un converso. El otro día, por ejemplo, fui a ver el cursillo de Scorsese sobre cine italiano, y no pude evitar interpretar toda la carrera de Rossellini como la de un pastelero insoportable. Casi todos fueron fascistas, y el propio Curzio lo fue. Su librazo Técnica del golpe de Estado, sin embargo, lo volvió enemigo del régimen de Mussolini. No se sabe cómo, salió de la cárcel y se volvió el corresponsal de guerra más culto y apasionante que podría haber. Ex diplomático, medio periodista y gran escritor –arrimarse nomás a cualquiera de sus recopilaciones de cuentos-, Malaparte estuvo en casi todos los frentes de la gran guerra civil europea y dejó constancia de todo en Kaputt, su obra maestra.

Curzio murió en 1957.

* * *

Por la misma época, tal vez un poco antes, fui atrapado por el trazo de Jack Kirby. Sus superhéroes geométricos, sus máquinas impensables, sus sombras planas, la pura potencia hecha dibujo me cautivaron para siempre. Lo que no sabía a los 10 años es que yo era capaz de apreciar todo eso porque podía confrontarlo con un estándar artístico. Ese estándar tuvo un representante tan fino, tan armónico y tan dotado que, durante mucho tiempo, yo creía inconscientemente que no se trataba de un hombre, sino de una máquina. Ya adolescente, empecé a reconocer un patrón y a buscar una firma en esas ilustraciones perfectas: Curt Swan. Claro, no sólo yo era más grande, sino también él. Curt era el dibujante de Superman en los 50, y volvió aún más refinado en los 70 y primeros 80. Todavía me pregunto por qué me llevó tanto tiempo darme cuenta de su grandeza. De repente porque yo era lector (y por lo tanto, hincha) de Batman, el nocturno. Sin embargo, todavía me acuerdo de tardes enteras –siempre es otoño en mis recuerdos, porque el sol es bueno- leyendo tomos Novaro de Superman, que intercambiaba con compañeros de clase por mis Batman de Dick Sprang. Sin Curt Swan, nunca hubiera estado preparado para captar la exageración de Kirby.

Calculo que Swan era judío –como Siegel & Schuster, los creadores del Supes que él mejoró al límite- y que eso, sumado a la libertad patronímica norteamericana, habrá contribuido a que le pusieran Curt y no Kurt, como debe ser.

Curt murió en 1996.

* * *

Mi primer libro de Kurt Vonnegut me salió cinco pesos. El paquete incluía una corbata, que le regalé a mi hermano menor, y lo conseguí en un local del Ejército de Salvación que había (¿hay todavía?) en la calle Agraciada. La novela era Breakfast of Champions. Todavía tengo ese ejemplar de tapa agujereada que algún anormal había usado como apoyo para un sacabocados.

Empecé a hojear el libro ya en el ómnibus de vuelta a casa y la manera de escribir de ese tipo me volvió loco. Las frases cortas para dar vuelta razonamientos trascendentes. La locura como algo químico. El nazismo como un desbalance químico colectivo. Los dibujos simples pero estilizados. Y así. Y así.

El tipo me cayó simpático. Cuando vi una foto me resultó parecido a unos parientes míos, pero no los alemanes, como él, sino a los de una rama simpática de mi gran tronco italiano. A partir de ahí, pienso en Kurt como en un tío posible.

No sé cuánto tiempo después el amigo Benito me prestó Payasadas, un libro fallido, triste y lindo. No paro de comprarlo en ofertas (edición Pomaire) para regalarlo de vez en cuando. Tout c’est la: los melli que cuando se separan se debilitan y que cuando se juntan son genios. El apellido intermedio para armar familias gigantescas. Se ve que Kurt extrañaba a sus parientes.

Justo después de que murió mi viejo empecé a leer Matadero cinco. Es un librazo por otras cosas, pero a mí me hizo un bien enorme una idea lateral: la de que todos los tiempos están ocurriendo siempre, y que con sólo concentrarse uno podía no sólo recordarlos, sino vivirlos. Después me di cuenta de que no hacía falta tanto trabajo para estar con esa parte de mí que es mi padre, pero en el momento la ocurrencia loca de Kurt me cayó justa.

En la época del dólar barato me encargué Timequake (su última novela), y escribí sobre ella. El veterano estaba medio amargado, me dio la impresión; ahora me parece que yo estaba muy tecno. Lo cierto es que el viejo se mandó guardar por unos años, pero empezó a salir fuerte para pelear contra la reelección de Bush. Claro, gracioso y preciso. La mierda, qué lúcidos que son los viejos modernos y qué chotos que somos todos.

Kurt murió ayer.








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* Curioso: anoche se llevaron preso a un tipo por quemar una banderita norteamericana, acá, en Uruguay.

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lunes, marzo 26

Uno menos popular: la procesión va por fuera

Antes que nada, feliz por el post anterior: por gracia de los commentators me enteré de un montón de cosas interesante, útiles y -no pun intended- educativas, algo que no suele ocurrir en Motoraway Inc (ni en la compentencia, je, je). Pero bueno, es tiempo de moverse, como indica el nombre de la empresa.

* * *

Cuando vino Bush fui a recibirlo con la gente del PIT-CNT, aunque el president todavía no había llegado. Estaba contento, porque me dí cuenta de que éramos más que los que habían ido la semana anterior a vivar al pequeño cónsul, nuestro compatriota TV. Así, el 9 de marzo marchamos entre la gente, pero también curioseamos bastante: es díficil encontrar un lugar cuando uno no tiene banderas. Y para peor, cuando entre la multitud sólo reconoce a amigos con la misma desprotección simbólica.

En un momento vimos a Chifflet y lo seguimos sin que se diera cuenta. Una pequeña columna silenciosa detrás de uno de los pocos políticos dignos que tenía el gobierno. Nuestros quince minutos de disciplina tuvieron por líder a un tipo con pinta de abuelo, rengueando, sin guardaspaldas, con algún simpatizante que se arrimaba a decirle algo cariñoso y con miles de otros que no nos animamos a hablarle (una de las mejores y peores costumbres uruguayas, mezcla de amarretismo para prestar apoyo y respeto a distancia). Más tarde intentamos sumarnos a un coro: "Yanquis no, Bobba Fett" escuchaba yo, pero claro, era otra guerra. Lo confirmé cuando empezó a chorrear el plomo de Viglietti por los altoparlantes. Cuando llegó la tortura sónica de Araca la Cana la necesidad de ir a ver la otra procesión, la de los radicales, se hizo urgente.

En el camino paramos a ver una exposición de un dibujante italiano en el subte. Lindo trazo. Después nos encontramos con otros amigos y nos quedamos en la vereda viendo pasar a la otra marcha, mas sucia, más pintoresca, más divertida, más chica y con más huevos. Cuando llegaron los últimos manifestantes estábamos parados frente a la iglesia de 18. Los petits anarcos estaban por achurar a un fotógrafo amigo al lado nuestro. Por supuesto, no hice nada más que hablarle y huir de las pedradas que empezaron a romper los vidrios. Alejándonos en direccion contraria al pelotón del 26 pasamos por el McDonald's destruido. Ahí sí, un poco de abrigo simbólico. Hasta perdoné un poco a los mongoloides que casi me agujerean la cabeza.

* * *
La semana pasada tuve que hablar con una especie de embajador intelectual brasileiro que vino a hablar en contra del TLC y a favor del Mercosur. Como ando, hace tiempo, muy colgado con las relaciones culturales Uruguay-Brasil, y como en general estoy queriendo a Brasil cada vez más, se me ocurrió preguntarle si entendía que, así como hay un sentimiento muy arraigado en contra de EEUU, podía haber algo parecido contra su país. La cara del tipo mutó y el tono de veterano sabio se transformó en lo más parecido a un rugido que puede emitir un viejo con las cuerdas vocales en las últimas. Ahí me dijo que cómo, que es muy distinto, que EEUU quiere colonizar al Uruguay mientras Brasil quiere desarrollarlo, ayudarlo... Ver a ese montón de arrugas diciendo una mentira tan cuadrada me dio un miedo parecido al que me atacó la primera vez que vi a Vader, cuando tenía siete años. Unas horas después, ya recuperado, se me ocurrió que con ese representante del mal casi jubilado habría que hacer una novela, y ya tenía la primera frase (Llegué a aquel país ridículo en otoño, una pegada en cualquier concurso) cuando me acordé de que tengo prohibido escribir novelas.

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Hace un par de días hablé por gusto con un músico electrónico teutón. El tipo reivindica lo alemán y el sentimiento nacional como soporte para sus composiciones. Para eso, recurre las vanguardias de principios de siglo y a la movida de los 80, pero condena al nazismo (claro) y a los 60. El rechazo me parece igual de valioso que el apego. Últimamente me paspa el uruguayismo integrador de los dosmiles. Mateo, carnaval, so far, so good, so what. Me hacen mal. Arriba Clarín. La radio, eh. Folk-lore and Tan-go!

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miércoles, diciembre 27

Lecturas de fin

"Sin embargo, en 1988 Aira no era un escritor notorio todavía. Había pubicado sólo seis novelas (...) que habían recibido muy pocas reseñas destacadas en los diarios y revistas de la época".

Me impacta el sólo "seis novelas". Acá, con eso, cualquiera sería Victor Hugo. Hace tiempo que estoy molesto con el desfasaje gigantesco que hay entre los escritores argentinos y los orientales solteros. Si fuera 10 a 1, como en todo, estaría OK. Pero en realidad es 10 pro contra 1 amateur. Yo defiendo el amateurismo, pero si tiene otra cosa arriba para refregarle su independencia.

Devoro, feliz, la primera novela del porteño Sergio Di Nucci (Bolivia Construcciones). Lo que quieran, es un profesor de literatura, está llena de truquitos, está manijeada, pero es un LIBRO y está escrito por un ESCRITOR. De menos de cuarenta años, no de menos de cuarenta páginas. Ni escrito en estricta primerísima persona. Sho y sho y sho. La herencia maldita de Levrero. El taller del mal.


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Slogan de Goebbels: "Un pueblo, un Estado, un líder".

Slogan de Telesur: "Un mismo continente, una misma sangre, una misma televisión".

O son muy ignorantes, o son muy peligrosos (probablemente las dos cosas). Pero, a puro ojo, la primera consigna me parece un poquito menos amenazante.


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Salió el Tratado de la imbecilidad del país, del divino Julio (Herrera y Reissig). Un mamotreto de generalizaciones, a veces extrañas, lógicamente inconsistentes y muy divertidas, sobre la manera de pensar montevideana de hace un siglo. Hay taras ahí descriptas que permanecen, pero lo que se perdió es la costumbre de generalizar fuera de los bares. De generalizar en serio, sobre lo único que importa, sobre las maneras de ser.

O de repente no. Por ahí está Disney War, de Sandino Núñez. Que es nuestro, carajo. Son partes parciales de la guerra entre la Mente Yankee y la Otra, en la también que entramos los rioplatenses. Un lindo regalo de Reyes, y de otros nobles paganos tambien.

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Feliz año a todos. Viva la república.

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sábado, setiembre 30

Ese alemán que te vuelve loco

Hace unos día ví en el cordon umbilical, perdón, en el cable de mi mamá, una película espantosa (Como si fuera la primera vez, o 50 First Dates) sobre un hombre que se enamora de una muchacha que resetea su memoria cada 24 horas y regresa a los conocimietos que tenía hasta el día del accidente que le causó la enfermedad. El hombre debe conquistarla cada día, y lo logra, pero no puede amanecer con ella y cosas así, teniendo que crear una "memoria externa" (básicamente, videos) para la mujer. La película termina cuando la relación puede progresar, se casan, hijos, perro, bueno, no perro pero sí barco, etcétera. Es ese tipo de bazofia que quiere ser dramático y cómico y moralizante (pero hay morsas que hablan), un híbrido que tiene mucho que ver con el idiota de Adam Sandler.

Pero la peli me hizo pensar en Memento, una de las pocas contribuciones del cine a la narratología y a la mitología universal. Ahí es el protagonista el que tiene una memoria muy corta, y es él mismo el que trata de estructurar sus recuerdos, en base a inscripciones en su propio cuerpo y notitas sueltas que apuntan hacia una misión, esa sí el verdadero aglutinador de su identidad. Como si fuera poco, la película está contada "de atrás para adelante" obligándolo a uno a pensar un poquito. Memento, aparte de ser buenísima, toca algo profundo: sabemos que le puede pasar a cualquiera.

Mi alzheimérico favorito fue (murió, me enteré) un norteamericano bonachón; pongamos que se llamaba Bradley. Cada 10 minutos me preguntaba mi nombre y me hacía el mismo chiste ("tus padres querían que fueras un tipo raro, eh"). No reconocía a sus hijos y sólo lo tranquilizaba la cercanía de su esposa. Todos estaban podridos de escuchar sus historias, porque el tipo tenía no sólo incapacidad de acumular memoria por más de 10 minutos, sino también un banco de recuerdos muy limitado.

Pero qué recuerdos. Bradley había estado ocupando Austria y Baviera como soldado. Alcanzaba con tirarle alguna palabra clave y soltaba la historia. Mis frases favoritas: "I didn't shot no one and I didn't get shot"; "The germans had this fantastic highways, they called it autobahns. Even after the bombings you could see they were so great". En realidad, un día lo grabé, porque me fascinaba no sólo que utilizara casi siempre las mismas palabras, sino lo que decía en sí. Californiano, de chico Bradley había domado caballos, y mencionaba siempre un trayecto que hacía guiando a la manada desde un rancho a un pueblo, donde vio por primera vez a su mujer. Todavía tenía un amigo medio cowboy que yo llegué a conocer, un viejo flaco apodado justamente Slim, que usaba una hebilla casi tan pesada como él mismo. Lo único que hacía que Alzheimermann conectara con lo que sucedía era el reloj: se sabía la hora de las comidas, y a las 5 iba a darle alimento a unas gallinas casi salvajes que la familia tenía sueltas en un baldío sólo para que el veterano tuviera algo que hacer.

Es curioso: casi diez años después de haber conocido a ese hombre, mi único vínculo con él es su recuerdo. No veo ni hablo con nadie con los que compartí esa experiencia. ¿La recordaré cuando llegue el alemán? Sería bárbaro, tener cinco historias y que una sea el recuerdo del recuerdo de otro. O un libro, que es lo mismo.

Volviendo a la Tierra: la semana pasada fue el Día del Enfermo de Alzheimer. Ese mismo día me tomé un taxi. El chofer, se notaba, era buen tipo, y hablador. Pero estaba condenado a charlar de las mismas cosas con todo el mundo. A veces pasa, con algún taxista, que se dé una conversación interesante en los pocos minutos de trayecto. Con éste no: el tiempo, el tránsito. Parecía que para él fueran temas importantes, pero no le dio el trayecto para desarrollarlos. Su único intento de alcanzarme ("¿Estudiás, pibe?") rebotó por complejo. Y así será con todos sus pasajeros: diez, quince minutos de clima y tráfico, y vuelta a empezar. Como la mujer de 50 First Dates, pero al revés: a él se le resetea el universo.

Sentí lástima por el tipo, pero ensguida pensé en mí: ¿tengo algún testigo permanente de mi vida? ¿Con quién se puede retomar cualquier tema que se nos ocurra sin tener que repasar la conversación anterior? ¿Sobre cualquier tema? Siempre hay cercanos, pero son cercanos intermitentes; o también hay cercanos, pero son cercanos recientes. El único testigo total es uno mismo. Así que sea taxista o Bradley, bienvenido Herr Alzheimer: no habrá mucha diferencia. Mientras tanto, bebamos para recordar.

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viernes, marzo 31

Father & son

Somos judíos degradados, aunque no lo queramos, porque fuimos educados así, y entonces volvemos, cíclicamente, a los libros sagrados, por este o aquel motivo. Es así que hace unos días empecé otra vez a repasar mi colección completa de La Guerra de las Galaxias, con la intención de examinar mejor los episodios más nuevos (o sea, los que hablan de cosas más viejas). Y me parecieron mejores. Y ví cosas que no había visto. Y ví que eran buenos. Aunque confieso que todavía no me animo a mirar el Episodio I.

La Guerra... es, ante todo, la historia de un padre y su hijo, una metáfora sobre la fundación de una estirpe. Ya Zizek nos disculpó, y lo comenté en un post viejo que me da pereza buscar, demostrando que está bien que nos identifiquemos con ese personaje oscuro y robótico, porque es el más hombre de todos, el más occidental, el más judeocristiano. Darth Vader. O sea, Dark Father, el Padre Oscuro, el cortamanos redimido, el tipo que quería las cosas con Fuerza, como debe ser para no terminar como una plantita budista. Bien, no me extiendo, hace tiempo que está claro que Vader es el camino.

Lo que descubrí mirando el Episodio II es que hay otro padre interesante en la historia: Jango Fett. La peli se llama El ataque de los Clones, y en el primer tercio nos muestran que los tales clones son copias modificadas del cazarrecompensas Fett. Cuando Ben Kenobi visita la planta de producción de clones, siguiendo la pista de Fett, encuentra que el propio cazarecompensas está allí. Y no está solo, está con un niño: un clon distinto a los demás , porque es la única copia exacta de Jango. Bobba es, cabalmente, el hijo de Jango. En cierto sentido, el hijo más hijo posible.

Qué deseo tan extraño para un guerrero solitario, tener a cargo un ser hecho a imagen y semejanza. Sin mujer alguna, sin nadie para querer y perderse. El contrapunto perfecto a la historia de Anakin Skywolker. Porque además Jango es un hombre-máquina, como lo será Vader, pero de alguna forma es más hombre que Vader, en tanto no pertece al mundo místico de la Fuerza y sólo cuenta con su habilidad terrena. Una vez más, nada más humano que un hombre-robot.

En la misma película vemos a Jango morir, y Bobba también lo ve. Más adelante Bobba combatirá contra los aliados de los que mataron a su padre, y también morirá. Fuimos muchos los que fuimos fascinados por el personaje de Bobba Fett, el misterioso cazarrecompensas mecánico, y eso prueba la grandeza de la historia de Lucas, su poder mítico, independiente de las explicaciones. Y también es muestra de la lucidez que teníamos de pequeñines: sin conocer los detalles, sabíamos que ese garoto estaba cargado.

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